Invertir en Formación en Tiempos Difíciles

Siempre he pensado que la formación corporativa es el mejor negocio para las organizaciones y para sus colaboradores. Cuando los procesos de aprendizaje se ejecutan adecuadamente (a partir de un diagnóstico de necesidades bien ejecutado, aplicando un diseño instruccional apropiado a la realidad de la organización, implementado por facilitadores preparados y evaluado en coherencia con los pasos anteriores) ambas partes salen ganando; por un lado la organización gana al asegurar que su colaborador desarrolle las competencias que necesita mientras promueve su satisfacción y compromiso; y el colaborador gana conocimientos y habilidades que le permiten desarrollarse como profesional y como persona.

Lamentablemente en muchas empresas persisten malas experiencias de procesos muy caros, mal implementados y con nulo impacto sobre los resultados del negocio al no haberse dado la transferencia necesaria de los conocimientos adquiridos a los puestos de trabajo. Si a las malas experiencias del pasado le sumamos el estar pasando por tiempos difíciles, es apenas justificado que un buen directivo se pregunte por las razones para no incrementar, o reducir, o por qué no eliminar la inversión en formación.

¿Quién dijo que no es posible dar una excelente formación con recursos escasos? Siempre es posible sacar el máximo provecho del recurso escaso siendo creativos y pensando “fuera de la caja”. En muchas ocasiones, las empresas ya cuentan con los conocimientos necesarios para construir iniciativas de formación sencillas que logren los impactos deseados. En muchas ocasiones, no es necesario gastar enormes cantidades de dinero en certificaciones externas, instalaciones elegantes o en expositores de alto vuelo. Muchas veces un referente interno provisto de un buen diseño instruccional, con los recursos adecuados y en un ambiente suficiente es capaz de generar mejor reacción, más aprendizaje y mayor transferencia al trabajo cotidiano.

La formación corporativa bien planificada, correctamente ejecutada y con unos resultados medidos constantemente es una inversión siempre beneficiosa y rentable sin importar si estamos en momentos de crisis o no. Los activos de conocimiento son precisamente lo que nos distingue de quienes creen que desperdician recursos valiosos en entrenamiento y capacitación. Cuando pasen los tiempos difíciles –porque siempre pasan– estaremos dispuestos y preparados para disfrutarlos teniendo la seguridad de que nuestra organización cuenta con los conocimientos para asegurarnos un futuro y con la preparación necesaria para enfrentar las siguientes crisis –porque siempre podrían regresar–.

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